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Un votante, un voto

Por Charlie November | 18 de Mayo de 2011, 20:48

La democracia representativa es un f?. Desde que se empez?aplicar el principio de representaci? principios de la edad moderna, nuestro mundo ha cambiado mucho. Dejamos los caballos por la m?ina de vapor y la m?ina de vapor por el motor de explosi?Pasamos de la impresi?artesanal a la industrial, de ah? la telegraf?sin hilos, la radio, la televisi? Internet. Pasamos de las sangr? y las sanguijuelas a los antibi?os y los antirretrovirales. Pasamos de la astrolog?a la astronom? del geocentrismo a la teor?de los m?ples mundos, de los trovadores al teatro, al cine y a la novela. Nuestro mundo ha avanzado. Y sin embargo, nos queda un f?: la democracia representativa.

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@Angeloso69

En los siglos que han pasado desde que se constituyeran las primeras c?ras representativas (los Estados Generales en Francia, las Cortes de Castilla, el Parlamento en Inglaterra) la ?a modificaci?ue ha sufrido la idea de la representaci?a sido ampliar el electorado. Primero votaron los burgueses. Luego los obreros. Luego las mujeres. Pero la esencia del sistema permanece inmutable: una vez que un representante recibe su mandato, ?e es un cheque en blanco. Tiene cuatro a?—o cinco, o dos— para hacer lo que se le antoje. S? est?ometido a controles: los de otros representantes como ? cuyos objetivos son los mismos que los suyos. Es una idea buen?ma.

La cosa es que no siempre existi? mandato representativo, sino que surgi?mo una respuesta a un problema. Lo opuesto al mandato representativo se llama mandato imperativo, y consiste en que el representante recibe de su electorado instrucciones sobre qu? c?debe votar. Claro que eso en la edad media no era muy pr?ico: imaginemos al representante de un peque?urgo medieval en unas cortes de su ?ca. Antes de salir del burgo, sus votantes le sugieren que vote en contra de aumentar los impuestos sobre la lana, que es su principal forma de vida. Tras muchos d? de arduo viaje, se somete a deliberaci?el aumento de los impuestos sobre la lana. Nuestro representante vota no, y la moci?o sale adelante. «Pero ya que estamos aqu? dice otro representante, «deber?os pensar qu?acemos con el impuesto sobre la leche de oveja». Problema. Con el mandato imperativo, el representante no puede votar lo que se le antoje: se ve obligado entonces a volver hasta su burgo —varios d? de arduo viaje— y preguntarle a sus electores, que tras deliberar convienen votar que no. As?ue nuestro aguerrido elector emprende otro arduo viaje de varios d? para ir a votar que no. Incluso si consiguiera sobrevivir a los ataques de animales salvajes y salteadores de caminos, hemos de reconocer que no era algo demasiado pr?ico.

Sin embargo no vivimos en la Edad Media, ni en la Edad Moderna, e incluso podr?os decir que no vivimos en la Edad Contempor?a —a la que habr?que irle buscando otro nombre, tipo Edad Industrial— sino en la Edad de la Informaci?strong>. Ahora lo podemos saber todo instant?amente, siempre que queramos. Ahora podemos transmitirle a nuestro representante, siempre que lo consideremos oportuno, c?queremos que nos represente. Ahora podemos recuperar el mandato imperativo y usarlo a nuestro favor.

Imaginemos una aplicaci?r?ica de este supuesto. Imaginemos que mantenemos una c?ra parlamentaria, pero cada uno de los representantes all?eunidos no tiene en su mano un voto: tiene cada voto que le llev?l?strong>. Si un parlamentario sale elegido con 5.215 votos, esos ser?los votos que podr?mitir. Ya no es necesario “corregir” la representatividad con m?dos delirantes como la Ley d’Hont, ni hacer arquitectura electoral para asegurarse de que cada circunscripci?e candidato ?o tenga m? o menos el mismo n?o de votantes. No: un votante, un voto. Se acab? bipartidismo, se acabaron los regalos parlamentarios.

Por supuesto, si cada representante tuviera en sus manos los votos de todos sus electores y los manejase a su antojo, poco habr?os arreglado. Sin embargo, si entendemos que cada uno de esos votos ha sido delegado por un ciudadano, y que ?e puede reclamarlo siempre que considere oportuno, la cosa cambia. Cada vez que queramos votar directamente en un proyecto de ley, basta con acercarnos a una oficina de correos, o una comisar?de polic?y reclamar nuestro voto. Incluso a trav?de internet, siempre que existieran las garant? necesarias —como el DNI electr?o— para verificar la identidad del votante.

Con este sistema, la mayor? de los ciudadanos delegar?su voto cada cuatro a? como ahora. Sin embargo, esos ciudadanos a?endr? en sus manos la iniciativa legislativa, la potestad de iniciar mociones de censura e incluso el poder constituyente. No es necesario votar cada vez, pero podr? votar cada vez que lo considerasen lo suficientemente importante o se sintieran poco representados. Los pol?cos dejar? de tener cheques en blanco, y empezar? a sentir lo que, los que tenemos la fortuna de tener un trabajo, sentimos cada d? que nuestros jefes est? ah?vigilando que hagamos bien nuestro trabajo, y que si no lo hacemos bien habr?onsecuencias.

Evidentemente, no podemos esperar que ning?artido actual apoye este tipo de planteamiento. Ellos tienen el monopolio del poder pol?co, y tienen la tranquilidad de que cuando ellos se vayan, vendr?m?como ellos. Los partidos, todos, sin excepci?lguna, son los ?os beneficiados de una democracia indirecta, viciada y representativa. Nosotros, el pueblo, los ciudadanos, somos los perjudicados, los que aceptan sus designios, sus intrigas y sus corruptelas igual que cuando ven? de un se?con peluca que se hac?llamar Su Majestad. Pero el poder es nuestro, y la soberan?es nuestra, y la legitimidad que tienen se la damos nosotros. Somos sus jefes. Y ha llegado el momento de record?elo.

Fuente: Un votante, un voto — ALT1040 – http://nini.es/kz4aaS

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